El hombre y la otredad escatológica

El pasado mes de abril, Anagrama anunció como ganador de su premio de ensayo al filósofo Vicente Serrano por su obra La Herida de Espinoza. Resultó finalista un libro titulado Filosofía Zombi. Ambos trabajos de seguro prometen una gran lectura. Sin embargo, el segundo título rescata una imagen utilizada hasta la obstinación por los formatos de orden masivo, –la televisión, el cine, ahora el internet— resultándonos por ello un tema mucho más cercano. El escrutinio del poeta y ensayista español Jorge Fernández Gonzalo patenta con su Filosofía Zombi que los muertos vivientes es materia basta de estudio y cavilación, y que el no-viviente, como metáfora, filosofía, o alteridad, sugiere una lectura tan variada como actual. Habría de cuestionarse cuánto de esa materia cuasi viviente subyace en nuestro colectivo, para aceptar que tenemos más de ellos de lo que pensamos. Una palmaria sería el caso del artista, que en su retirada para la consecución de su obra, asemeja la conducta subterránea del muerto viviente.

El artista y el zombi

La mayoría de los artistas deben al concepto de muerte un sentido de hermandad que los retroalimenta. Es el caso del necrófilo literario, o el necrófilo melómano, por ejemplo, cuya voluntad por vincularse exclusivamente con autores o compositores clásicos, o ya muertos, hace copulativo y orgiástico el acto de entregarse a ellos. El artista irrumpe de su mundo subterráneo (tumba) para apropiarse de la materia viva de la que carece, y luego volver contaminado al sepulcro, y continuar en su descomposición. (La obra). Por otra parte, el artista, justo como sucede con el zombi, subyace en un mundo ajeno a la realidad, en una dimensión sensitiva que adolece de extremos en aquel mundo tan vital, pero caótico y que impera sobre tierra.

La sociedad y el zombi

El tema zombi, lejos de ser una calcomanía del muerto, es un visto próximo y necesario de nuestra vitalidad cotidiana. En el transcurso del tiempo, socialmente hemos venido emulando –y con más énfasis– cierta natura inherente en la entidad cadavérica: Toda adinamia mental, cualquier esquema que nos desvincule del pensamiento incisivo es una monotonía próxima a los muertos. Caminar a brazo tendido, /andando y asentando/, /andando y asentando/ sin tan siquiera acudir al arma de la sospecha, es una rémora que nos momifica. De allí la importancia del artista, y del hombre aferrado a su palabra, y a su ejercicio pensante, porque solo de esa forma se transmuta en vida y alimento, aquello pútrido que escupe el sistema moribundo que nos controla, nos limita, nos define.

La reflexión de si nuestra conducta reivindica la corporeidad infértil de los muertos es, en todos los casos, siempre necesaria.

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