De escudos y sables

“Yo, Antonin Artaud, soy mi hijo, mi padre, mi madre, y yo.”

Deleuze

Pascal Léveillé decidió resolver la introducción de todos sus cursos pre-matrimoniales con la siguiente pregunta: “En su casa, ¿quién bota la basura?” Los atónitos, en su mayoría sin saber qué responder, esperaban a hombros alzados, la respuesta del pastor. Muchos otros, –y es que la mirada cruzada del viejo intimidaba–, hacían unánime cualquier respuesta del primer atrevido en responder. ¿Quién la bota? “Todo depende de cómo fuimos criados.” El primer gran conflicto matrimonial deviene importante, –cuando no se está de acuerdo–, en este inaudible y miserable punto.

La familia, la religión, y los intelectuales

Flaubert decía que ninguna cosa le parecía más rígida y miserable que la familia. Acotar esto con la interpretación de los grandes pensadores –con la grata excepción de Sócrates— parecería que la familia como estado probatorio causa en el individuo, más limitantes que libertades. Al fin de cuenta, diría Ortega y Gasset, somos la suma de lo que anhelamos, y muchos de estos estímulos provienen directamente de nuestro entorno familiar. En efecto, no somos tan libres como quisiéramos: mucho antes de nacer, ya una comunidad de personas habrá de domesticarnos infundiéndonos sus virtudes y defectos. En otro orden moral, algunos dogmas religiosos continúan comulgando con un modelo tradicional de familia, –padre, madre, hijo—. Sin embargo, al incorporarlas en realidades hoy tan vigentes, en la ecuación siempre sobra o falta una “X”: Las familias mono u homo parentales. Pascal Léveillé cerraba su sermón dominical alegando que nuestra sociedad devino paupérrima al momento en que las mujeres se activaron laboralmente. El pastor señalaba una estatua de la María de porcelana, e instaba con energía a que todas las mujeres volviesen a sus roles decimonónicos. Al finalizar, las feministas más ardientes formaron larga fila en el confesionario.

Intervención del estado

En las grandes economías de consumo se acucia el estado familiar. Importa menos la trinidad como estructura, importa más la condición pecuniaria que implica vivir en conjunto. Préstamos mobiliarios, tarjetas familiares de créditos, planes familiares de llamada, paquetes familiares de viaje, seguros de vida, y la publicidad de la abuela llevando al primer nieto al banco, solo forman parte de un vértice económico que obliga al soltero a sentirse expatriado. Si a los treinta y cinco años este personaje aún no ha formado familia, estas sociedades se reservan el derecho de publicitarlo como el más miserable de los parias. El que no acepte la coerción, queda entonces invitado a engordar las paradójicas listas de los países mejores estructurados , pero que también ostentan el mayor índice de suicidios per cápita del planeta.

De escudos y sables

Trátese de un feliz acierto, porque son tan pocas las comunidades en donde realmente ‘somos’, trátese de un lastre en la identidad, o de un insoportable escalafón de valores, la familia conceptúa una de las neurálgicas más vitales del individuo: Somos animales tan sociales, que la extrema soledad oxida nuestro carácter. Algunos jamás podremos –aunque queramos– desprendernos del nido, otros buscaremos en los amigos, y los distantes personajes literarios aquellas deficiencias de nuestra infancia; y otros culparemos al karma de tanta orfandad. En todo caso, descolgar los patrones de infancia y cuestionarlos, lejos de ser un ejercicio estéril, nos esclarece parte del laberinto fundamental que nos personifica.

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