Tráfico

 CUANDO ERA NIÑO y me asomaba por el balcón de la casa, me preguntaba hacia dónde iban los autos de la gran autopista de enfrente. Yo vivía en un edificio gris muy viejo, que probablemente ya no existe, en una ciudad muy vieja, que probablemente ya no existe. En aquel entonces –cinco, o seis años– las cosas eran distintas. Detrás del semáforo de la esquina, desde el piso once, observaba cómo una ristra de automóviles de todos los colores y tamaños se apilaban esperando la verde. Desde la distancia, yo los alineaba, y jugaba a tenerlos en la mano: Cerraba un ojo, medio abría el otro y nivelaba la palma, de modo que el auto azul quedase bien estacionado. Todo debía darse en esos fugases segundos de colores, y si la verde me sorprendía acomodándome el auto, lo consideraba entonces una derrota. Cuando la luz marcaba la partida, yo hasta ese punto inquieto me preguntaba: Primero; quién iba ganar esa carrera, –porque realmente no tenía sentido que hubiesen tantos coches a menos que fuese una carrera–; Y segundo, ¿a dónde iban? Creo que mi niñez culminó cuando respondí ambas inquietudes. Desde entonces, presenciar una conglomeración de autos sobre la autopista, devino el mismo cansancio de ver eternos comerciales de Santa Claus.

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