Siempre Listo

En el año 67, Caracas sufrió un terremoto que destruyó un poco más de la mitad de la ciudad. En una estación de radio, en los segundos del suceso quedó grabado para la historia el desgarrador sonido que produce la tierra al momento de abrirse. Escucharlo es saber que el interior de la magna se queja de una manera que el hombre, por miedo, apenas reconoce. Yo era joven, tendría unos dieciocho años. Del internado salimos a toda prisa, mientras nos daba la sensación que el edificio donde estudiábamos se desplomaba por completo. Ver cómo la calle se va metiendo en los carriles de los trenes, o cómo los semáforos se van de boca es una imagen que permanece eterna en cualquier memoria. Sentir en tu espalda el caos apoderado de los mendigos, y de toda esa gente enferma que siempre ignoraste y que ahora tiendes tu mano para salvarla, es el verdadero y el único Fan Club al que pertenezco. Tu amiga la vecina, la muy fresa, la que no baja la mirada para no alzarse la falda, o la que se limpia el polvo de las botas con la corbata de tu jefe, verla allí, destrozada y siendo consolada por los indios es otra imagen que se agradece. Dada la calma, sales de los centros hospitalarios donde te refugian, y te das cuenta que la vida es tan efímera. La portentosa iglesia de acero es un desmoronado castillito de arena.

En mitad de la plaza había una ranura de unos cinco o seis metros de largo; Parecía que Dios la había desgarrado con un inmenso cuchillo. Justo en la orilla, mirando hacia abajo y con determinada disposición se encontraba parado un niño. Era algo obeso. En las piernas mostraba los maltratos de estar corriendo de un lado al otro. Portaba un sombrero azul y el resto de la indumentaria de un Boy Scout. Detrás de él, a unos metros de distancia había una mujer en una clara posición de luto. “Su madre” intuí. La caída hirsuta de sus cabellos negros me impedían mirarle el rostro. Ella, sentada con las piernas cruzadas, se mecía con los brazos pegados al pecho. Enseguida me senté a su lado. Al acercarme me posó una mirada de bordes hinchados. “Mi sentido pésame, señora”, le dije. La mujer no respondió. Clavó sus codos sobre las rodillas, y siguió metiendo repetidamente la cara entre sus manos. Lloraba sin respirar. No sé qué me atormentaba más. Si el sufrimiento de esta mujer, o la idea descabellada de que el niño pudiera resbalarse y caer dentro de aquel abismo. O mi urgencia de preguntar si el niño había previsto el terremoto por aquel disfraz tan oportuno. No lo sé. La mujer negó con la cabeza: “Mi culpa”, dijo aún con la cara borrada por los cabellos, “mi culpa”. Me descoloqué por un momento, y desistí darle respuesta a mis impertinencias. Por el contrario, me mantuve callado, y sin agregar nada más posé mi palma sobre su espalda. El niño dejó de mover su banderita tricolor, y empezó a negar con la cabeza. Había en él indicios, por los hombros caídos, de estar cansado. Arrojó la linterna y la banderita por el agujero, y dio media vuelta. No me saludó. En voz baja, buscando el rostro despeinado de su madre, y señalando aquella larga oquedad soltó un reclamo:

–Yo no creo que papá esté en el infierno.

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