Presencia

 

Cuando pasó no lo creí, pero fue así y por eso lo maté. La mujer vestía una sotana blanca que ajustaba su figura, y con las manos largas tanteaba las zonas calientes del niño como si la caricia impidiese que la vida se filtrase del cuerpecito que ahora la observaba implorando; Mamita no me abandones, mamita. Por ello cuando pasó, no lo creí, pero fue así: El ángel que esperaba bajo el marco, a brazos cruzados y liberando su destello, se limitaba a observar. Yo vi el ángel. Vi la muerte también del otro lado como bestia nauseabunda de colmillos afilados que se acercaba a ellos moqueando del hocico un poco de baba. Cuando pasó no lo creí, y de pronto la madre gritó; ¡No! y abrazó al niño. Luego sentenció; ¡Jamás te abandonaré, mi Jeremías! y con el rostro mojado recorrió toda la piel del niño. Pero era tarde. El averno y el cielo esperaban impacientes el cuándo dentro del dónde, y fue en ese instante cuando vi salir de ella una luz potente destilándose por los orificios del niño, y luego se desplomó sobre el suelo. Era la noche mustia. Y el niño abrió los ojos descubriendo todo por primera vez y con su índice pituso señaló a la mujer tendida e inclinando el cuerpo, justo de rodillas murmuró en secreto Mamita tengo hambre. Y ella no respondió. Y pasó, y no supe qué hacer y repetí las profundas y misericordiosas palabras de la mujer, y abracé el cuello del niño hasta asir la lentitud del pálpito de su garganta que junto a su mirada lentamente se fue cerrando, se fue cerrando.

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