Boit ton lait, s’il te plaît

Una mujer, una niña y un oso de peluche. El último cobra vida al ganarse un seudónimo humano: Tou Tou. Él conoce a la mujer y a la niña y hasta al peluche. La primera lo declara un hombre, la segunda un padre postizo y el tercero un contrincante que asusta a un par de botones negros, que ubicados al norte de su rostro, descubren al mortal; pocas veces, como el juguete favorito de la niña. Aquí todos hablan francés, siempre ha sido así, menos él que desde el inmediato ha recurrido al castellano para entenderse con la mayor de éstas mujeres. La primera es dueña de cabellos negros, ondulados, que descansan sobre unos huesos delgados, casi frágiles al contacto. La segunda o mejor dicho segundita, es un holograma que pudo heredar el rostro, las palabras, la belleza de su madre y del padre original, un puñado de carácter que traduce una boca que se redondea cuando no se le complace el capricho. Y el tercero, el peluche, esa mata de algodón marrón con brazos abiertos que para la mujer es un estorbo en medio de la sala y para la niña una vida, para él sigue siendo un rival atrapado en los brazos de su dueña.

Un día después del año de convivencia, cenando los cuatros , se presentó una grave situación que comprometía la autoridad del hombre de la casa: la niña no quería tomarse la leche. El griterío de la cría exacerbó la obstinación de la madre; y allí como una fotografía peluda estaba  Tou Tou, con su cara de “O”, y el hocico lleno de puré de papa, feliz de no participar en la disputa y retando al hombre con su mirada de botones.  El hombre harto de quedar en segundo plano pide a su mujer que le escriba en francés cómo se dice “Giuliana tómate la leche, por favor”. Cualquier dislexia representaría la burla sempiterna del peluche, y la rebeldía total de la cría. A vuelo de águila leyó mentalmente. Y sabiendo que aquello sería el exordio de una relación padrastro-respeto-hijastra, oprimió el pecho y miró a la niña sin parpadear.

Fue impecable su actuación. La niña que venía mostrando la campanilla de la garganta cerró la boca de un tirón. “¡Pero tú hablas!” Exclamó sorprendidísima. Aquella noche terminaron de cenar felices en familia, mientras el peluche, el miserable peluche yacía en el suelo dominado por el pisotón disimulado del enemigo discreto.

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