Turista en Pampatar

Lo último que recordó el alemán fue el implante de aquella única mujer que se atrevió a cuestionarle su dignidad. El miasma del Caribe empalagaba. Una mulata de dos pies de altura venía gritando cual loro desenfadado aquello que vendía en el canasto de paja. Él la vio llegar como hembra de bicho raro; con el índice la llamó, y preguntó qué eran las Torrejas. Ella, indignada, lo miró de arriba-abajo, y con una mano apoyada en la cadera y la otra en la cabeza sosteniendo el canasto, protestó que Cómo era posible que un turista no lo supiera; Y él repetía entre risas, Seño-rita decirme usted qué-ser las to-rre-jas, qué-ser las to-rre-jas. Y ella, a diente pelado le gritó: Las to-rrejas, las to-rrejas, son tu-raja mal bañao. Y lo descolocó para siempre. En la distancia, un pasillo de polvo. Y la negra moviendo el culo como un limpiaparabrisas.

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