Noventa millas

Mi padre decía que ningún invento del hombre superaba los inventos de la tierra. Al decirlo, se inclinaba un poco, arrancaba un pedazo, y a la altura de mis ojos la dejaba caer. Era muy negra; olorosa, y capaz de engendrar, me decía, el alimento de todas las naciones. Los rayos del sol golpeaban con mayor intensidad cada vez que mi viejo mencionaba aquellas palabras todas las mañanas.Antes de irme de Cuba, antes de embarcarme en una tripa de caucho en busca del lejano mar que sostiene a noventa millas la tierra de libertad, antes de perderme en la oscura y deshabitada noche, probablemente atemorizado por la eufonía de un mar caprichoso con todas las ganas de matarme, antes de eso, me incliné un poco en la orilla del mar y en un bolsillo introduje la tierra encomiable de mi padre. Ya en la otra había un puñado de los granos más fecundos del mejor tabaco del mundo. Bastaron tres días de intemperie, de agua salada, de sol quemando la poca ropa, para entender que el destino y el imperio de un hombre caben en un par de bolsillos.

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