El inicio

Cristoforo llegó al palacio diciendo que venía de Quauhtlemallan, lugar de muchos árboles. Traía un macuto cosido a mano, y encadenados a unos metros, unos indios de piel curtida. Al frente, sentados sobre un trono enacerado en oro, esperaban impaciente los reyes. Cristoforo adelantó unos pasos, una vez inclinado urgió permiso para hablar. El rey concedió. El navegante, de pie ahora, y algo exaltado extrajo de su macuto dos bolas glaucas parecidas a una fruta deforme: “Ahuácatl”, pronunció Colón mientras alzaba, ante la vista de todos, aquel fruto cetrino. La reina sonrió,–algo así– y pidió que le acercaran aquello tan vistoso. Ni una mueca el rey. Sin embargo, su índice se perdió en aquella cáfila orillada de seres extraños. Los indios no miraban al rey, ni al conjunto de estatuas erguidas en la base de las columnas, ni siquiera las raras vestimentas. Los indios miraban las esquinas. Ellos nunca habían visto una esquina. El rey preguntó qué tipo de animales eran y Cristoforo, como lo recordó la historia, incrustó su cabeza en los hombros. “Hablan, su majestad” no se atrevió a decir.

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